Viaje a Ghana. Sábado 3 de diciembre, 2005.

by Bernardo on 4/12/2005

Con el cansancio de semanas agotadoras en el cuerpo, nos levantamos a las 8 y cuarto de la mañana. Ignacio tuvo una crisis monetario-existencial que más tenía que ver con la frustración contenida durante meses que con las vacaciones que estábamos a punto de empezar.

Con todo lo que está pasando en mi vida en este momento, compartía con Ignacio hace unos días la reflexión acerca de la importancia de no guardar resentimientos, de la necesidad de compartirlos y así encontrarles salida a través del entendimiento de las dos partes. Las relaciones parecen creaciones humanas abocadas a la desaparición. Parece como si el fin de la relaciones fuese la mayor contribución a su propia existencia, como si el fin de unas permitiese que otras nuevas se creasen; justo como la muerte.

Después de una catártica conversación que acabó con el margen adicional de tiempo que Ignacio, como diligentemente siempre hace, había dado entre nuestro despertar y la recogida de nuestro taxista, nos dirigimos al aeropuerto. Pese a ser la octava economía del mundo y ser la envidia de franceses e italianos en los últimos años, España sigue teniendo recuerdos de país “en vías de desarrollo”, como el hacinamiento de Barajas un sábado por la mañana… Entre las hordas de gente, encontramos a nuestro grupo de viaje, variopinto donde los haya: Marisa, Cristina, Ikme, Yoshi, Pati y Pepe. Nos informan de que el vuelo tiene retraso a causa de la nieve en Milán.

Yo compenso la incomodad de la espera con la satisfacción de poder hacer las llamadas que en un papel había apuntado como imprescindibles antes de salir de viaje. Como siempre la paciencia infinita de Ignacio, una mezcla entre cariño incondicional y comprensión, hizo que durante un buen rato caminásemos por el aeropuerto juntos mientras yo hablaba con Andrés mi socio, Ana Calonge, Rafa Guardans y Sergio Lorca. Salvo Ana, el resto de las personas de esta lista son buen referente de las cosas que están pasando en mi vida.

Tras casi tres horas de retraso y con el miedo a perder nuestra conexión en Milán, embarcamos abordo de un MD-87 de Alitalia. Me siento solo en la fila 30, Ignacio está en la fila 29, al lado de dos tíos que no le quitan ojo.

Cada vez me duele más la garganta y me siento más débil. Las últimas semanas de no parar están surtiendo su efecto y mi cuerpo de nuevo dice, si no paras tú, te paro yo. Encontramos dos sitios vacíos en una fila anterior con más espacio y menos ruido. De camino a Milán acariciamos las cúspides de los Alpes estrenadamente nevados.

Nada más llegar comprobamos en las pantallas de información del aeropuerto de Malpensa que nuestro vuelo de conexión está embarcando en ese momento. Con la duda de en qué dirección dirigirnos, corremos por los pasillos del aeopuerto como almás que lleva la prisa de perder un avión. Cuando llegamos a la puerta de embarque, para muchos fue el primer shock del contacto con la cultura africana. Luego lo verbalizaría con Pepe en las escaleras de bajada del avión a nuestra llegas a Accra: una diferencia social más importante sea quizá el concepto tan distinto del respeto civilizado, concretamente el respeto a las colas, la paciencia en la situaciones de urgencia, la educación en el trato, la elegancia en el comportamiento… en ningún momento quiero decir que los españoles en particular seamos ningún ejemplo de esto, pero sin duda estamos más integrados en lo que se entiende como paradigma occidental de comportamiento social.

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